EL MAESTRO TE LLAMA




 
“Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. / Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él.”
San Juan 11:28,29 

¡Cómo resuena en nuestros oídos la palabra “Maestro”! No es lo mismo decir profesor que maestro, como no son la misma cosa un instructor y un profesor. El instructor nos capacita en alguna técnica, nos instruye acerca de cómo hacer cierta actividad y su responsabilidad con el aprendiz termina cuando éste ya ha aprendido los pasos que debe dar en la tarea. El profesor, en cambio, tiene una misión más profunda; debe formar al alumno en ciertas materias, pero también ha de transmitir valores y actitudes en él. Un profesor tiene una noble tarea que cumplir formando las generaciones venideras. Sin embargo el maestro es quien ha alcanzado la máxima experticia en un asunto. El escritor de Hebreos amonesta a sus lectores Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.” (Hebreos 5:12) 

Muchos cristianos están en esta condición y continúan anclados en visiones infantiles de la fe sin avanzar hacia una revelación más profunda de la vida y la Escritura. ¡Cuánto necesitamos de maestros que nos guíen por el buen camino y, sin apartarse de la sana doctrina, nos ayuden a descubrir los misterios de Dios que aún permanecen escondidos a nuestros ojos espirituales! Cuando hay maestros en la Iglesia, entonces también hay discípulos que aprenden de ellos, no tan sólo por lo que hablan o enseñan sino sobre todo por lo que hacen, cómo viven la Palabra que predican. Si encontramos un maestro auténtico apeguémonos a él, alimentemos nuestra alma con sus enseñanzas e imitémosle en su estilo de vida. El Maestro Jesús enseñó este principio: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. / Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?” (San Mateo 10:24,25) La medida o modelo que tendrá el discípulo siempre será su maestro; esa es su meta, ser como su maestro. Sin embargo tal cosa tiene un riesgo y es ser tan mal tratado como su maestro, a quien pueden tildar de diabólico o loco. 

Para los cristianos, Jesucristo es el Maestro, el que tiene la Verdad y es en sí mismo la Verdad. Él es la Verdad hecha Persona. De Jesús dijeron: “…Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres.” (San Mateo 22:16) Todos necesitamos conocer y recorrer el camino de Dios, pues a veces perdemos la orientación y nos salimos de la ruta señalada por Él. Hoy en día la sociedad esta descaminada y marcha, si sigue el mismo derrotero, hacia la destrucción. Requerimos del Maestro que no juzga por apariencias externas y tiene una mirada profunda de la existencia; que habla claro y directo.  

Tampoco se trata de que muchos se hagan maestros. Jesús dice que no es recomendable esto, que uno solo es digno de ser llamado así, con mayúscula, Maestro. Ese es el Cristo, el Mesías, Él mismo. Los seres humanos somos sencillamente hermanos iguales ante Dios. “Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. / Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. / Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.” (San Mateo 23:8-10) En otra oportunidad dijo: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.” (San Juan 13:13) Si tantos le reconocieron en su tiempo como Maestro, en hebreo Rabí ¿Por qué hay en estos tiempos tanta reticencia para seguirlo como el verdadero Maestro? 

Cuando Jesús fue a Betania a visitar a sus amigos Lázaro, Marta y María que eran hermanos, se encontró con la triste novedad de que Lázaro había fallecido. (San Juan 11:17-29) Marta le recriminó Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.” Pero ella sabía que Él tenía el poder para devolverle la vida y confesó “Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.” Entonces llamó a su hermana, y le dijo en secreto: “El Maestro está aquí y te llama.” Cuando María escuchó, “se levantó de prisa y vino a él.” Como Marta, confesemos una vez más la Deidad de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre; como María, escuchemos el dulce llamado: “El Maestro está aquí y te llama.” Levantémonos de prisa, por sobre nuestras preocupaciones y temores, y vayamos a su encuentro. El Maestro nos llama para enseñarnos el camino que nos llevará a la vida eterna. ¿Te atreves a seguirlo?
 
 

 

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